Las densas tinieblas que arropan el camino en el estado de Georgia donde solo se vislumbra una hilera de "ojos de gato" que brillan en el suelo, como si fuera un desfile de luciérnagas en medio de la noche y las iluminadas ciudades que de repente aparecen, como si hubiese sucedido un milagro y desaparecen con la misma magia que las hicieron resplandecer. Cada milla de camino se lleva en el pecho la mala sensación que de repente aparezca de entre los árboles un guardian del camino y te acuse de ir manejando a exceso de velocidad. Con ellos uno nunca gana.
Llegar a "Las Carolinas" produce una dulce sensación, casi engañosa, pues se va produciendo la esperanza de que se ha avanzado bastante. Por lo menos allí la vista se refresca con el espectáculo que se presenta en el cielo teñido de arrebol en sus atardeceres.
Pedro, y "El Cheapo" no te dejan olvidar por un instante que estás entre las dos Carolinas, la del sur y la del norte.
Inevitable es pensar que parece mentiras que a un dominicano no se le ha ocurrido sembrar en medio de las Carolinas un restaurant donde se pueda comer arroz con habichuela y carne. El que lo haga se va a "bañar de cuarto", ya que rompe con los dos días comiendo mcdonald.
Al llegar a Virginia ya es la madrugada y el rocío de la mañana baña las praderas a ambos lados de la carretra. No se puede uno descuidar pues allí controlan la velocidad desde el cielo.
En esta larga travesía nunca falta el americano, hijo de Abraham Lincoln, más americano que todos los americanos que quiere tomarse la labor de establecer el orden en el camino. A estos hay que evitarlos.
Cuando salía de Carolina del norte de repente veo por el retrovisor a uno que viene como "La Jon del diablo", dando cambios de luces, parecía que lo vinieran persiguiendo. En cuanto tuve la oportunidad me hice a un lado en el carril de la derecha y el energúmeno me pasa como un sepelin. Solo atiné a decir: Adiós amigo.
Cuando esto sucede es casi instintivo gravar detalles, color del carro, marca, alguna señal, una calcomanía, etc.
No había pasado tres horas de camino cuando a lo lejos alcanzo a ver una luz azul que pestaña a un lado de la carretera. Como es natural retiro el pie de la gasolina y como solo iba unas cinco millas por encima del límite de velocidad, puedo pasar y estar en paz con los guardianes del camino.
Al acercarme, allí estaba él. El del carrito rojo con una calcomanía de un lacito que anuncia la alerta contra el cancer de mamas y el asiento de atrás lleno de almohadas y maletas. El mismo desesperado del camino, le estaban dando "un ticket". De nuevo le dije: Adiós amigo.
Unas cuantas horas más tarde, por fin estamos llegando, ya estamos en el peaje del puente que separa el estado de Delaware con New Jersey. Al pagar y salir, miro a la derecha y allí estaba él, cabeza con cabeza, como los caballos en el establo.
Sentí pena por él, pues mientras yo concluía la travesía con un peaje de cuatro dolares, él iba abajo con un ticket de no menos de ciento cincuenta y por supuesto los cuatro del peaje.
Me despedí para simpre mientras meditaba ¿Para qué sirve la velocidad?